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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Jesús es maravilloso 

Notas de Elena G. de White 

Lección 10 

31 de Mayo al 6 de Junio de 2008 

El significado de su muerte 



Sábado 31 de mayo 

Cristo estuvo con Dios en la obra de la creación. Era uno con Dios, igual al Eterno; era 
la gloria de su gloria y la expresa imagen de su persona. Sólo él, el Creador del hom- 
bre, podía ser su Salvador. Ningún ángel del cielo podía revelar al Padre a los pecado- 
res y retornarlos a una alianza con Dios. Pero Cristo podía manifestar el amor del Pa- 
dre porque "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo". Cristo podía ser el 
eslabón que uniera un Dios santo con la humanidad perdida porque podía colocar sus 
manos sobre ambos. Nadie sino Cristo podía redimir al hombre de la maldición de la 
ley. Tomaría sobre sí mismo la culpa y la maldición del pecado, lo que le requeriría se- 
pararse de su Padre debido a lo ofensivo de la transgresión. 

Cristo se propuso llegar hasta los abismos de la degradación y del dolor del hombre y 
restaurar al alma arrepentida y creyente a la armonía con Dios. Cristo, el Cordero muer- 
to desde la fundación del mundo, se ofreció como sacrificio y sustituto para los caídos 
hijos de Adán. Pero en esa dádiva todo el cielo estaba involucrado, era un infinito sacri- 
ficio. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que a 
través de su sacrificio pudiera abrirse un canal donde fluyera el infinito amor de Dios 
por los seres humanos caídos. Era imposible para los mismos seres humanos, degra- 
dados por el pecado y con una naturaleza pervertida por la maldad, volver a estar en 
armonía con Dios. Pero Cristo los redimió de la condenación de la ley y les imparte el 
divino poder para que puedan ser restaurados a su estado original (Signs of the Ti- 
mes, 13 de febrero, 1893). 



Domingo 1 de junio 
Nacido para morir 

Simeón comprendió que tenía en sus brazos a Aquel que es el Camino, la Verdad y la 
Vida. En ese momento no había nada en la apariencia externa de Cristo que le diera 
esa seguridad, pero Simeón había vivido en la atmósfera del cielo. Los brillantes rayos 
del Sol de justicia le daban discernimiento espiritual. Su deseo predominante había sido 
ver a Cristo. La pureza de su vida correspondía con la luz que había recibido, y estaba 
preparado para la revelación de la gran verdad de que ese niño desvalido era el ungido 
del Señor, el mismo IVIesías. Gozo y regocijo transfiguraron su rostro mientras tenía en 
sus brazos al don más precioso de Dios para los hombres. Su mente iluminada recibió 
la luz que fluía de la Fuente de toda luz. Vio que Cristo era la esperanza tanto de los 



gentiles como de los judíos. En su mente no existían las murallas de la tradición levan- 
tadas por el prejuicio judaico. Comprendió que el IVIesías debía traer redención a todos. 

Simeón y los sacerdotes representan a dos clases: los que son guiados por el Espíritu 
de Dios porque están dispuestos a ser instruidos, y los que negándose a recibir la luz 
que los conduciría a toda verdad, son guiados por el espíritu del enemigo de Dios; y el 
mismo espíritu influye hoy en las mentes humanas dominando con poder el corazón de 
los hombres y anulando las exhortaciones del Espíritu (Comentario bíblico adventis- 
ta, tomo 5, p. 1091). 

La ley del gobierno de Dios había de ser magnificada por la muerte del unigénito Hijo 
de Dios. Cristo llevó la culpa de los pecados del mundo. Nuestra suficiencia se encuen- 
tra únicamente en la encarnación y la muerte del Hijo de Dios. Pudo sufrir, porque es- 
taba sostenido por la Divinidad. Pudo vencer, porque no tenía la menor mancha de des- 
lealtad o pecado. Cristo triunfó en lugar del hombre al soportar de este modo la justicia 
del castigo. Aseguró vida eterna para el hombre, al mismo tiempo que exaltó la ley de 
Dios y la honró [Hijos e hijas de Dios, p. 50). 



Lunes 2 de junio 
Cómo sucedió 

No fue el temor al sufrimiento físico que pronto iba a soportar lo que le causó la agonía 
al Hijo de Dios. Fue el peso de las transgresiones humanas y el desagrado del Padre 
por el pecado. No debía ejercer su divino poder para escapar de esa agonía porque su 
naturaleza humana era la que debía cargar con la culpa de la humanidad y el desagra- 
do del Creador con sus subditos desobedientes. Por otra parte, temía que su naturale- 
za humana fuese incapaz de soportar el conflicto con el príncipe de las tinieblas, y en 
ese caso la raza humana estaría irremediablemente perdida; Satanás saldría victorioso 
y la tierra sería su reino. Tanto el peso del pecado del mundo como la ira de Dios por el 
pecado parecían quebrantar su vida [Present Truth, 19 de noviembre, 1885). 

El Salvador sintió la terrible sensación de que Dios estaba retirando su presencia; se 
sintió separado de su Padre por un abismo de pecado tan ancho, tan negro y tan pro- 
fundo que su espíritu se estremeció. Se aferró del suelo frío e impasible como para no 
ser separado aún más lejos de Dios. El rocío de la noche caía sobre él, pero no lo sent- 
ía. De sus labios pálidos y temblorosos brotó el amargo clamor: "Padre mío, si es posi- 
ble, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú". No fue el temor 
al sufrimiento físico que pronto iba a soportar lo que le causó la agonía al Hijo de Dios. 
Fue el peso de las transgresiones humanas y el desagrado del Padre por el pecado. No 
debía ejercer su divino poder para escapar de esa agonía porque su naturaleza huma- 
na era la que debía cargar con la culpa de la humanidad y el desagrado del Creador 
con sus subditos desobedientes (Review and Herald, 9 de octubre, 1888). 

Surge delante del Redentor del mundo la historia de la familia humana. Ve que los 
transgresores de la ley, abandonados a sí mismos, tendría que perecer. Ve la impoten- 
cia del hombre. Ve el poder del pecado. Los ayes y lamentos de un mundo condenado 
surgen delante de él. Contempla la suerte que le tocaría, y su decisión queda hecha. 
Salvará al hombre, sea cual fuere el costo. Acepta su bautismo de sangre, a fin de que 



por él los millones que perecen puedan obtener vida eterna. Dejó los atrios celestiales, 
donde todo es pureza, felicidad y gloria, para salvar a la oveja perdida, al mundo que 
cayó por la transgresión. Y no se apartará de su misión. Alcanzará las mismas profun- 
didades de la miseria humana para salvar al mundo perdido y arruinado. 

Cuando cayó moribundo en la escena del conflicto, un ángel vino para ayudarle y forta- 
lecerle, para soportar la noche de burlas y la crucifixión que le esperaban. Sus discípu- 
los dormían. Cuando nuevamente se acercó a ellos, les dijo: "Dormid ya, y descansad: 
he aquí ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores". 
IVIientras decía estas palabras, oía los pasos de la turba que le buscaba, y añadió: "Le- 
vantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega" {Review and Herald, 2 de abril, 
1901 ; parcialmente en, El Deseado de todas las gentes, pp. 642, 643). 

Cristo sintió el horror de las tinieblas que lo rodeaban. Las tentaciones satánicas eran 
casi insoportables... Los pecados de un mundo perdido pesaban sobre él, y juntamente 
con ello podía sentir la ira del Padre por el pecado. Todo esto estaba quebrantando su 
vida {Signs ofthe Times, 14 de agosto, 1879). 

Podemos apreciar apenas débilmente la angustia inenarrable que sintió el amado Hijo 
de Dios en Getsemaní, al comprender que se había separado de Dios al llevar el peca- 
do del hombre. Él fue hecho pecado por la especie caída. La sensación de que se apar- 
taba de él el amor de su Padre, arrancó de su alma angustiada estas dolorosas pala- 
bras: "Mi alma está muy triste hasta la muerte". "Si es posible, pase de mí este vaso". 
Luego, con completa sumisión a la voluntad de su Padre, añadió: "Empero, no como yo 
quiero, sino como tú" {Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 223). 



Martes 3 de junio 
Lo que logro - 1 

Cristo ofreció por nosotros una ofrenda completa; una ofrenda sin mancha ni defecto. 
Que nuestras ofrendas sean hechas de todo corazón al servicio de Dios. Que nuestro 
dinero sea una ofrenda de acción de gracias por lo que ha hecho por nosotros, así co- 
mo los sabios de oriente le ofrendaron a Cristo oro, incienso y mirra. Dios aceptará 
nuestra ofrenda si nuestro donativo está en proporción a nuestra capacidad de dar. Al 
ofrendar, recordemos lo que Cristo ha hecho por nosotros; estuvo dispuesto a vivir una 
vida de sufrimiento, humillación y vergüenza para salvar a un mundo que perecía en el 
pecado. Si no hubiera hecho esa ofrenda, hubiésemos perecido. ¿Cuánto le debemos 
por dar su vida por nosotros? Cuando vemos el sacrificio de Cristo, todos los sacrificios 
que debamos hacer por él se hunden en la insignificancia {Review and Herald, 17 de 
diciembre, 1901). 

Si hay quienes piensan que realizan grandes sacrificios por la obra, consideren el sacri- 
ficio que Cristo hizo en beneficio de ellos. La raza humana se encontraba bajo senten- 
cia de muerte, pero el Hijo de Dios revistió su divinidad con la humanidad y vino a este 
mundo para vivir y morir en nuestro favor. Vino a enfrentarse con la hueste de los ánge- 
les caídos. Necesitábamos un Defensor, y cuando nuestro Defensor llegó, venía reves- 
tido de humanidad; porque tenía que someterse a todas las tentaciones con las cuales 
son asediados los seres humanos, con el fin de aprender cómo librar de tentación a los 



piadosos. Tomo su lugar a la cabeza de la raza humana, para que los hombres y las 
mujeres pudieran estar en terreno ventajoso {Exaltad a Jesús, p. 32). 

Cristo sufrió el castigo en favor de la raza humana con el fin de que el universo celestial 
pudiera discernir las condiciones del pacto de la redención. El trono de justicia debe 
asegurarse eternamente y para siempre... Todas las dudas quedarían contestadas para 
siempre mediante el sacrificio que Cristo estaba por realizar, y la raza humana sería 
salva si retornaba a su lealtad. Únicamente Cristo podía restaurar el honor del gobierno 
de Dios. La cruz del Calvario sería contemplada por los mundos no caídos, el universo 
celestial, las agencias satánicas y la raza caída, y toda boca sería silenciada. Al realizar 
su sacrificio infinito Cristo exaltaría la ley la honraría. Daría a conocer el carácter exal- 
tado del gobierno de Dios, que nunca podría ser alterado en lo más mínimo para aco- 
modarse al hombre en su condición pecaminosa (Exaltad a Jesús, p. 251). 

Cristo dio su vida en rescate por muchos, pero para hacerlo debió colocarse bajo el 
cruel poder de Satanás, quien esperaba vencerlo y conseguir la supremacía. Había 
conseguido el control sobre los miembros de la familia humana al hacerlos desobede- 
cer las leyes divinas y los había puesto bajo su jurisdicción; los reclamaba injustamente 
como sus subditos. Pero Cristo habría de quitarle la presa al enemigo y vencerlo. 

Cristo removió cada obstrucción que existía para que el ser humano pudiera aliarse 
nuevamente con Dios; pero éste, por andar por lugares resbalosos y seguir los dictados 
de su apetito antinatural, perdió la imagen moral de Dios. Aunque fue dotado de pode- 
res físicos, mentales y morales. Satanás sabe que si puede controlar su voluntad y 
hacerlo caer en la transgresión de las leyes naturales, lo puede transformar en un ser 
débil y deforme. Lo tienta con los malos hábitos de comida y bebida, que también son 
e la ley divina (General Conference Bulletín, 2 de marzo, 1897). 



Miércoles 4 de junio 
Lo que logró - 2 

Cristo pagó por la culpabilidad de todo el mundo y todo el que venga a Dios por fe, re- 
cibirá la justicia de Cristo, "quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre 
el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y 
por cuya herida fuisteis sanados" (1 Pedro 2:24). Nuestro pecado ha sido expiado, 
puesto a un lado, arrojado a lo profundo de la mar. Mediante el arrepentimiento y la fe 
somos liberados del pecado y contemplamos al Señor, nuestra justicia. Jesús sufrió, el 
justo por el injusto (Mensajes selectos, tomo 1, p. 460). 

¡IVIaravillosa combinación de hombre y Dios!.. Él [Cristo] se humilló hasta la naturaleza 
del hombre. Lo hizo para que se cumpliera la Escritura, y el Hijo de Dios entró en ese 
plan conociendo todos los pasos de su humillación... ¡Qué humildad! Maravilló a los 
ángeles. La lengua no puede describirla; la imaginación no puede abarcarla. ¡El Verbo 
eterno consintió en volverse carne! ¡Dios hecho hombre! Fue una humildad maravillosa. 

Pero descendió más todavía; el Hombre debió humillarse como un hombre para sopor- 
tar insultos, reproches, vergonzosas acusaciones y maltratos. No parecía haber un lu- 
gar seguro para él en su propio territorio. Tuvo que huir de lugar en lugar para salvar su 



vida. Fue traicionado por uno de sus discípulos; fue negado por uno de sus discípulos; 
fue negado por uno de sus más celosos seguidores. Fue escarnecido. Fue coronado 
con una corona de espinas. Fue azotado. Fue forzado a llevar la cruz. 

No fue insensible a ese desprecio e ignominia... Sintió la amargura como ningún otro 
ser pudiera haberla sentido. Era puro, santo e inmaculado, y sin embargo fue tratado 
como un criminal. El adorable Redentor descendió desde la más elevada excelsitud. 
Paso a paso se humilló hasta morir, ¡y qué muerte! Era la más vergonzosa, la más 
cruel: la muerte en la cruz como malhechor. No murió como héroe a los ojos del mun- 
do, cargado de honores, como mueren los hombres en las batallas. Murió como un cri- 
minal condenado, suspendido entre los cielos y la tierra: murió una penosa muerte de 
vergüenza, expuesto a los vituperios e injurias de una multitud degradada, criminal y li- 
cenciosa... 

Toda esta humillación de la Majestad del cielo fue por el hombre culpable y condenado 
(A fin de conocerle, p. 70). 

¿Cómo se reconcilia Dios con los hombres? Por la obra y los méritos de Jesucristo, 
quien... puso de lado todo lo que pudiera interponerse entre el hombre y el amor perdo- 
nador de Dios. No se cambia la ley que el hombre transgredió para que armonice con el 
pecador en su condición caída, sino que se la revela como el trasunto del carácter de 
Jehová, el exponente de su santa voluntad, y se la exalta y se la magnifica en la vida y 
en el carácter de Jesucristo. No obstante, se provee un camino de salvación, porque se 
nos presenta al inmaculado Cordero de Dios como el que quita el pecado del mundo. 
Jesús ocupa el lugar del pecador, y lleva sobre sí mismo la culpa del transgresor. Al mi- 
rar al sustituto y seguridad del pecador, el Señor Jehová puede ser justo, y al mismo 
tiempo el Justificador de los que creen en Jesús. Se perdona al que acepta a Cristo 
como su justicia y su única esperanza; porque Dios estaba en Cristo reconciliando el 
mundo a sí. La justicia, la verdad, y la santidad de Cristo, que son aprobadas por la ley 
de Dios, constituyen un canal por medio del cual la misericordia puede comunicarse al 
pecador arrepentido y creyente. 

Los que no creen en Cristo no están reconciliados con el Padre; pero los que tienen fe 
en él están escondidos con Cristo en Dios. "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel 
y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad" {Hijos e 
hijas de Dios, p. 241). 



Jueves 5 de junio 

La seguridad del universo 

El sacrificio de Cristo como expiación del pecado es la gran verdad en derredor de la 
cual se agrupan todas las otras verdades. A fin de ser comprendida y apreciada debi- 
damente, cada verdad de la Palabra de Dios, desde el Génesis al Apocalipsis, debe ser 
estudiada a la luz que fluye de la cruz del Calvario. Os presento el magno y grandioso 
monumento de la misericordia y regeneración, de la salvación y redención, -el Hijo de 
Dios levantado en la cruz {Obreros evangélicos, p. 330). 



La cruz del Calvario desafía, y finalmente vencerá a todo poder terrenal e infernal. En la 
cruz se centra toda influencia y de ella fluye toda influencia. Es el gran centro de atrac- 
ción, pues en ella Cristo entregó su vida por la raza humana. Este sacrificio se ofreció 
con el propósito de restaurar al hombre a su perfección original. Sí, aún más: fue ofre- 
cido para transformar enteramente el carácter del hombre haciéndolo más que vence- 
dor (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 335). 

El poder de la cruz activará interiormente los misteriosos manantiales de la esperanza y 
el temor reverente, la adoración y el amor. Los ángeles están a la expectativa, y darán 
testimonio de que los que le siguen no son del mundo. El Señor Jesús los ha contem- 
plado sentados a sus pies para aprender de él, el Camino, la Verdad y la Vida. De aquí 
en adelante, al someter su voluntad a la de Cristo, entrarán en una región donde la cruz 
es el objeto central. El mundo se desvanece de su vista. La gloria que resplandece 
desde el umbral del cielo es la influencia más atractiva. Las riquezas de la gracia de 
Cristo los inducen a obedecer de tener comunión con él, y experimentan la gran alegría 
de impartir a otros el don que han recibido [Manuscrípt Releases, tomo 18, p. 80). 

La cruz de Cristo es el gran centro alrededor del cual gira todo lo demás, y todo debe 
estar subordinado a ella. La cruz se levanta entre la divinidad y la humanidad; entre el 
cielo y la tierra, y nunca se mueve de allí. Todo lo que concierne a la salvación humana 
está colocado a la sombra de la cruz. Tanto los seres celestiales como los terrenales se 
inclinan ante esta atracción central, y unen sus voces para declarar a todo el universo 
el plan de redención. En ambos mundos, la cruz retiene su significado para siempre 
(Signs ofthe Times, 17 de agosto, 1891). 

Quitar la cruz al cristiano, es como borrar el sol que ilumina el día, y quitar la luna y las 
estrellas del firmamento por la noche. La cruz de Cristo nos conduce más cerca de 
Dios, reconcilia al hombre con Dios, y a Dios con el hombre. El Padre contempla la 
cruz, los sufrimientos que ha dado a su Hijo, a fin de salvar a la humanidad de su des- 
esperada condición, y de conducir al hombre hacia sí mismo. La contempla con la tier- 
na compasión del amor de un padre. Casi se ha perdido de vista la cruz, pero sin la 
cruz no hay relación con el Padre, no hay unidad con el Cordero en el medio del trono 
del cielo, no hay una recepción de bienvenida a los errantes que quieran volver al olvi- 
dado camino de la justicia y la verdad, no hay esperanza para el transgresor en el día 
del juicio. Sin la cruz no hay un medio provisto para vencer el poder de nuestro podero- 
so enemigo. Toda esperanza de la humanidad pende de la cruz (Nuestra elevada vo- 
cación, p. 48). 



Viernes 6 de junio 
Para estudiar y meditar 

El Deseado de todas las gentes, pp. 690-705; 706-713.